Casi todos los elogios comienzan con un autoelogio de quien elogia, veamos: Conocí a fulano de tal cuando comenzaba yo en las lides universitarias y era un estudiante bisoño pero muy atento a lo que ocurría a mí alrededor. En aquellos años era yo un fanático de la ciencia ficción y de las novelas policíacas, etc, etc, etc. ¡Qué fanfarronería! ¡Qué ego tan desmesurado! En mi caso me limito a una sola confesión. Conocí a Abel Prieto en la era de acuario mi signo zodiacal. Más nada. Ahora hablaré de él como merece un gran amigo y un gran escritor. Abel es un relámpago en medio de la noche, una luz que se confunde en la claridad porque nace de ella. Si no hiciera yo este elogio lo podrían hacer otros muchos; hablarían los murciélagos y las piedras. Pero por suerte me ha tocado a mí.

Abel, ante todo, es un ser único y singular. Su personalidad de encantador de serpientes, seduce a todos por un sentido agudo y jovial del humor, nunca caústico, nunca sardónico. Abel es un enfant terrible que sabe meterse en camisas de once varas y salir ileso. Que sabe hacer bromas cuando la solemnidad aplasta y nos hace bostezar. Sus reflexiones oportunas han sacado de apuros a muchos que sin él hubieran caído en un atolladero o en un pozo sin fondo. Él tiene la llave de los truenos y una varita mágica que calma tempestades imprevistas. A pesar de que siempre está rodeado de vasos para su variopinto arsenal de pastillas, nunca lo he visto ahogarse en un vaso de agua. Al menos no lo demuestra; todo lo contrario, él da seguridad, aplomo, y convoca a la cordura y al diálogo.

Desde su sillón proverbial y ante una montaña atiborrada de libros su pupila como un rayo láser, puede deshacer cualquier entuerto, apagar un fuego y conjurar una intriga.

Abel nunca espera que arda Troya, él tiene un pacto con el fuego prometeico y lo huele a distancia. Y eso me consta porque llevo más de treinta años acompañándolo muy cerca en sus duros oficios de intelectual comprometido y de hombre político. Como un Houdini avezado lo he visto desenredar nudos marineros, nudos de crochet y hasta nudos gordianos. ¡Qué les cuento! Esa virtud suya y su talento tan original de ensayista y de escritor de ficción, son cualidades que no abundan en el mundo intelectual y que cualquier hijo de vecino puede envidiar. Yo se la envidio sanamente. Porque señores, ¡quién que es no se colma y explota como un siquitraque en circunstancias extremas! Él sabe contar hasta diez sin cerrar los ojos y luego, como del sombrero de un mago saca la papeleta con el número ganador en la rifa. Ese es el hombre Abel Prieto Jiménez, de quien he aspirado a ser su discípulo.

Ahora, el escritor, es harina de otro costal porque Abel Prieto Jiménez es un homo sapiens del renacimiento; la expresión obstinada de un insaciable buceador en las fuentes más ricas y variadas del conocimiento. Toda su obra literaria alcanza una magistral comunión entre la introspección en la historia de lo cotidiano y la ficción poética. Sus personajes, todos de talante original, nunca antes vistos en la cuentística, la novelística o la pintura cubanas, poseen ese don de aparecer, sin máscaras, en el teatro de la vida del barrio y en el imaginario popular. Y es que sus historias son suyas y de nadie más, aunque él las haga colectivas. No se parecen a otros porque nacen de su propio laboratorio, solo comparable al de Lewis Carroll, y de su inconmensurable talento de escritor. Diríase que es dueño de una galería rica en personajes cromáticos que como en un guiñol se mueven con los largos dedos de su mano: verbigracia, Los Viajes de Miguel Luna, retablo increíble de una poderosa imaginación.

Atento al ritmo del mundo circundante él nos sorprende siempre con un permanente viaje alucinante a un mundo de fantasías que, sin embargo, no dejan de pisar tierra firme. ¿Cómo logra ese equilibrio? Tiene que ser por una suerte de birlibirloque o porque los ojos del gato volante se acomodan, sin remedio, a las sombras chinescas.

Y hablando de gatos vayamos a esa maravilla que es su novela El vuelo del gato, donde otra alianza, la de la imaginación metafísica y la dura argamasa de la realidad se confabulan mágicamente.

Ahí radica el secreto de su imantación. El tiempo decanta y lo que es polvo irá al polvo y lo que es luz irá al reino de la luz. Nada, nadie, ni el más rencoroso Caín podrá sacar de la república de las letras la obra del Ministro de Cultura Abel Prieto Jiménez.

Un Ministro no es solo un ministro como muchos sietemesinos pudieran pensar. Un ministro es quien ejerce un ministerio con la vocación ecuménica y proteica de hacer felices a los demás. Abel Prieto siempre será el Ministro que nos ha legado una vocación de sacrificio y entereza y un tesoro literario que ningún cargo político pudo empañar. Por el contrario. Su paso por la política –dígase mejor por la Revolución- le dio esa amplitud de miras que lo ha convertido en un ensayista excepcional, enemigo de lugares comunes y trivialidades y ajeno por suerte al cacareo de citas tan al uso en algunas generaciones que nos han precedido. Todo su ser respira sencillez, desaliño intelectual que le da elegancia de varón y un tono único, inimitable que él no impone, sino que exhibe con naturalidad y lisura muy cubanas. De los dibujos, cargados de carácter simbólico y satánica investidura emana una ingenuidad que solo se revela en el trazo, pues ellos son parte indisoluble de su mitología personal y su poderosa imaginación artística.

En los ensayos de Abel Prieto aparecen tres figuras que como sombras tutelares lo han acompañado siempre, a saber, José Martí, José Lezama Lima y Antonio Gramsci. Esa conjunción del pensamiento cósmico y político de Martí, con la visión oblicua de Lezama y la óptica marxista de Gramsci lo convierte en un lúcido analista de la realidad social y del papel del intelectual orgánico. No creo que haya en nuestra ensayística contemporánea un estilete más incisivo contra las paradojas de hoy, contra la estulticia y el desencanto, contra la amnesia histórica y el oportunismo, contra toda ola de huracanados vientos de dispersión y anestesia. Sus ensayos sobre la obra de Lezama Lima dejan poco espacio para lucubraciones retóricas. Asímismo, su indagación en lo cubano, la cubanía y la cubanidad tres conceptos controvertidos que él sometió al espejo cóncavo de la Isla, con una lupa de gran aumento y la luz de una piedra blanca de claros espejismos, es de admirar.

Solo unas líneas de ese ensayo quiero que quepan en este elogio y cito:

«Los defensores de la cubanía tenemos, pues dos enemigos: el gigante Goliat, con todo su poderío económico, militar y político; y lo liliputienses, con su mediocridad, su oportunismo, sus ambiciones y su capacidad para roer e intrigar».

En resumidas cuentas, somos una cultura de la resistencia en su sentido más pleno e histórico y eso lo supo desde muy joven el espigado e irreverente Abel. Por suerte y pese a las investiduras que posee es el mismo o mejor dicho es el mismo mejorado. El más antidogmático de todos, el humanista en posesión de sus virtudes éticas y martianas y en posesión también de su estatura como escritor y revolucionario que compite con su talla métrica. Querido hermano: te he hecho este elogio con la humildad de un vasallo del cacique Indio Pluma Blanca.

Por Miguel Barnet Lanza