Con motivo del Día Internacional de la Lengua Materna, la Dirección de Comunicación Institucional conversó con la Dr. C. Madeleyne Bermudéz Sánchez, Vicedecana de investigación y posgrado de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central «Marta» de Las Villas , quien ingresó el 28 de febrero a la Academia Cubana de la Lengua (ACuL) como académica correspondiente.

Ha sido docente durante 25 años de las carreras de Letras, Lengua Inglesa y Periodismo, en las cuales ha impartido cursos de Fonética y Fonología, Morfología y Sintaxis, Gramática Española, Redacción y Composición, Lingüística del Texto y Lingüística Aplicada. Asimismo, en la enseñanza de postgrado ha dictado cursos de Fonética Aplicada, Pragmática, Análisis del Discurso, Semiótica de los Medios de Comunicación, Gramática Actual del Español, Comunicación y Estilo Periodístico, entre otras materias.

Actualmente, coordina el programa doctoral en Ciencias del Lenguaje, la Comunicación y la Literatura. Además, es la presidenta del Comité científico de la Conferencia Internacional de Estudios Humanísticos de la UCLV.

Dr. C. Madeleyne Bermúdez Sánchez, académica de la Lengua.

¿Qué significa para usted la lengua materna en la formación de la identidad cultural?

«Esta es una pregunta importante y nos toca muy de cerca a los investigadores del departamento de lingüística y literatura de la UCLV, pues justamente desde hace algunos años investigamos desde múltiples perspectivas y a través de varios recursos expresivos, el modo en que nuestra lengua refleja la realidad social, cultural y las ideologías de la nación cubana y su pueblo. La lengua materna es el habitat natural de nuestra identidad, pues es mucho más que un sistema de signos o el instrumento que nos permite comunicarnos; en ella se funden la memoria histórico-social de un pueblo y las experiencias más íntimas de un individuo. No solo porque con ella nombramos el mundo, sino porque el mundo ya viene nombrado por nuestras generaciones precedentes. Entonces, no heredamos un código neutro, sino una cosmovisión.»

«Pienso, por ejemplo, en la riqueza del español de Cuba para designar realidades que nos son muy propias, como las palabras biplanta, cuentapropista, o en ciertos usos de la lengua que reflejan el modo en que concebimos nuestras relaciones sociales, como las fórmulas de tratamiento compañero, asere o mima; las fórmulas de saludo qué bolá, qué vuelta, sin dejar de mencionar nuestro acento peculiar, de marcada musicalidad por sus inflexiones tonales,  y nuestra pronunciación relajada que, en opinión de los hablantes, es lo que mejor distingue el modo de hablar del cubano.  Detrás de cada palabra que decimos se halla no solo un concepto, sino, además, el modo en que un pueblo comprende y se representa su realidad, por tanto, la lengua, ya sea en su manifestación oral o escrita, así como la música, la danza, las costumbres, es el vehículo a través del cual esto se hace visible.

¿Cómo cree que la lengua materna influye en la manera en que pensamos y sentimos?

«Desde hace mucho tiempo se ha discutido acerca de la relación entre el lenguaje y el pensamiento y sobre todo, el papel del lenguaje en el desarrollo cognitivo del hombre, e incluso también existen teorías que sobre esta base explican el desarrollo del lenguaje en el niño. Por eso las tendencias actuales de la gramática y la lingüística del habla han superado los estudios formales del lenguaje, la descripción de las estructuras y proponen modelos analíticos para explicar el uso de las formas en función de la expresión del pensamiento, las intenciones y las emociones de los hablantes. De manera que sí, existe una relación estrecha entre lo que decimos y el modo en que comprendemos nuestro entorno y lo conceptualizamos, e incluso lo sentimos o nos hace sentir. Aquí me permito una reflexión: la lengua materna no es una simple vestimenta que ponemos a un pensamiento preexistente; es más bien el cauce por el que ese pensamiento discurre. Nuestra sintaxis, nuestra riqueza léxica para designar ciertos conceptos y nuestra pobreza para otros, condicionan nuestra percepción de la realidad. Por ejemplo, la enorme variedad de matices que tenemos en español para hablar del cariño — querer, amar, estimar, adorar, sentir cariño, tener aprecio— nos obliga, casi sin darnos cuenta, a matizar nuestros sentimientos, a hacer distinciones más finas. Del mismo modo, al querer conseguir algo de alguien, podemos elegir distintas entonaciones que aportan mayor o menor categoricidad, cortesía o dulzura a nuestra demanda y esta se puede sentir como una orden, un mandato cortés, una petición, una sugerencia e incluso una súplica.  La lengua nos da las herramientas para sentir y para verbalizar lo que sentimos, pero también configura, hasta cierto punto, la naturaleza de ese sentimiento. Es un diálogo eterno entre la herencia colectiva y la experiencia personal».

¿Qué papel juega la lengua española en la diversidad lingüística mundial?

«El español ocupa una posición paradójica. Por un lado, es una de las lenguas con mayor número de hablantes nativos, lo que contribuye significativamente al mantenimiento de la diversidad lingüística simplemente por su propio peso. Sin embargo, también es, en muchos contextos, una lengua dominante frente a las lenguas originarias de América. Compartimos el planeta con cerca de 6.700 lenguas. De ellas, la UNESCO nos alerta de que más del 43% están en peligro de extinción, y cada dos semanas desaparece una para siempre. Ahí reside, a mi juicio, su doble papel: es un puente de comunicación global para millones de personas, pero también puede ejercer una presión que erosiona la diversidad, si no se fomenta un multilingüismo respetuoso donde conviva con las lenguas indígenas».

¿Cuáles son los principales retos que enfrenta hoy la investigación sobre la lengua materna?

«En cuanto a los retos de la investigación, son múltiples. El primero, sin duda, es documentar la variación. El español es un archipiélago de variedades: geográficas, sociales, estilísticas o funcionales, contextuales o pragmáticas; la investigación debe dar cuenta de esa riqueza antes de que ciertos usos se pierdan. Para ello es importante fomentar la creación de corpus variados, cada vez más amplios y representativos de toda la diversidad lingüística hispánica y la socialización de estos corpus en plataformas de acceso abierto. El segundo gran reto es comprender el impacto de la tecnología. ¿Cómo está transformando la inmediatez digital, las redes sociales y la inteligencia artificial (IA) nuestra sintaxis y nuestro léxico? ¿Es una evolución orgánica o una disrupción? El lingüista hoy, además, debe aprender cómo usar de manera eficiente las bondades de la tecnología, incluyendo la IA, para obtener resultados de mayor alcance con menos esfuerzo y tiempo. En mi opinión, hay que superar la resistencia, aceptar el cambio y sacar de él el mayor provecho. Creo que es el momento de optimizar la aplicabilidad de nuestros resultados, apostar por el desarrollo de la lingüística computacional e insertarnos en campos complejos y de difícil acceso con los métodos tradicionales; me refiero al procesamiento del lenguaje natural con aplicaciones clínicas, forenses, didácticas, en el análisis de los discursos, etcétera.  Por último, un reto ético fundamental: cómo investigar sin imponer. Me refiero a la necesidad de abordar el estudio del español en contacto con otras lenguas desde una perspectiva de respeto y colaboración, no como una amenaza, sino como un fenómeno de enriquecimiento mutuo».

¿Qué riesgos observa en la pérdida o debilitamiento de la lengua materna en algunos contextos?

«El riesgo más profundo, a mi juicio, es la pérdida de una cosmovisión única, de una identidad. Cuando una lengua materna se debilita hasta desaparecer, no solo perdemos palabras, sonidos o expresiones, perdemos una manera particular de ser y de entender el mundo, de relacionarnos con nuestros contemporáneos y también con los ancestros. Significa la pérdida de una pieza irremplazable del patrimonio intelectual y espiritual de un pueblo. A nivel individual, implica una ruptura con las raíces, una suerte de amputación cultural que puede generar desarraigo».

¿Cómo puede la sociedad contribuir a preservar y fortalecer el uso de la lengua materna?

«Para fortalecer la lengua la sociedad debe actuar en varios frentes. El primero y más importante, es la transmisión intergeneracional en el hogar. Que los padres y abuelos hablen a los niños en su lengua, que las historias se cuenten como siempre se han contado. Luego, la escuela tiene un papel muy importante fomentando el multilingüismo desde la primera infancia: no solo tiene el deber de enseñar la norma culta, sino que debe valorar las variedades dialectales y las lenguas en contacto. Y no podemos olvidar el papel de las instituciones culturales. Por ejemplo, las Academias de la Lengua Española tienen la responsabilidad de crear puentes, de ofrecer herramientas, de proteger la lengua, pero en su constante cambio y vitalidad, en su inmensa capacidad de autoadaptación, como un organismo vivo que se enriquece con cada conversación o texto que salga a la luz».

¿Qué papel juegan los medios de comunicación y las redes sociales en la evolución del español actual?

«Las redes sociales y los medios han actuado como un catalizador sin precedentes en la historia de la lengua. Han democratizado la producción de contenido escrito y oral de una forma inimaginable hace solo algunas décadas.  Esto tiene efectos muy claros: por un lado, asistimos a una velocidad de cambio léxico vertiginosa; los neologismos, los extranjerismos (especialmente del inglés) y las jergas juveniles se difunden globalmente en cuestión de horas. La interactividad discursiva en redes posee matices muy variados, y están motivados por múltiples factores: culturales, cosmovisivos, ideológicos. Esto lleva a la difusión de variadas formas y hábitos de la oralidad y nuevas estrategias de comunicación en el contexto del ciberespacio. Considero que este es hoy día un vasto terreno para la exploración lingüística y comunicológica.

Pero también observo un fenómeno, que es la mayor visibilidad de la variación. Un joven cubano, argentino o mexicano puede exponer masivamente no solamente sus ideas, sino también su variedad habla, lo que genera una mayor conciencia de la diversidad del español. El reto, desde nuestra perspectiva, es analizar si esto lleva a una cierta homogeneización o si, por el contrario, fortalece las identidades locales como reacción. Lo que es seguro es que la investigación lingüística ya no puede entenderse sin el análisis de estos nuevos espacios de comunicación.»

¿Qué la motivó a dedicarse al estudio de la lengua española?

«Tengo que confesar que esta motivación llegó a mí a través de mis maestros. Cuando comencé a estudiar Letras y recibí las primeras clases de Latín, Gramática, Redacción, Literatura, primero entendí que aquel mundo me fascinaba. Antes lo había notado a través de ciertas inclinaciones hacia la literatura y el idioma, pero la convicción real llegó cuando mis profesores me hicieron comprender por qué conocer la lengua materna desde sus cimientos, su historia, su complejidad estructural y su uso era tan importante. No solo para alcanzar un grado óptimo de competencia lingüística, sino también para desarrollar plenas habilidades de comunicación y con esto de proyección social y cultural. También veía en ellos un ejemplo de pulcritud en el lenguaje y una cultura y elegancia inspiradoras».

«Poco a poco comprendí que me inclinaba hacia un tipo de pensamiento más analítico, que me interesaba descubrir el porqué de la forma y el uso de las estructuras, no solo saber usarlas.  La relación entre regla y creatividad, entre la estructura y el uso, entre la lengua y el universo cognitivo, social y cultual de los hablantes; todo eso me pareció un universo fascinante digno de investigación. Con el tiempo esa fascinación general fue tomando forma, me fui acercando al mundo de los sonidos del lenguaje y ahí me quedé, porque comprendí que era donde podía ser más útil a la ciencia del lenguaje».

¿Qué consejo daría a los jóvenes que desean dedicarse a la investigación lingüística?

«Les daría tres consejos, muy sencillos. Primero, que cultiven la curiosidad infinita por el detalle. Un investigador de la lengua es alguien que se detiene a pensar por qué decimos lo que decimos en cualquier circunstancia, tiempo y momento.  En esos pequeños detalles se esconden las grandes verdades del sistema y su uso. Segundo, que no teman a las ciencias duras. La lingüística actual se apoya en la estadística, en la computación, en la neurociencia. Un lingüista del siglo XXI debe ser un científico social con una sólida formación interdisciplinaria. Y tercero, y más importante, que nunca pierdan de vista al hablante. La lengua no está en los libros de gramática, está en la calle, en el mercado, en la fiesta entre amigos, en el discurso del político, el académico, en la conversación cotidiana. El laboratorio del lingüista es la vida misma».

¿Cómo imagina el español dentro de 50 años en cuanto a cambios léxicos, fonéticos o culturales?

«Hacer predicciones es siempre arriesgado, pero podemos aventurar algunas tendencias. En el nivel léxico, la influencia del inglés continuará siendo muy fuerte en ámbitos como la tecnología y los negocios, pero veremos también una mayor creatividad para crear neologismos propios a partir de esa influencia. En el nivel fonético, es muy probable que avancen ciertas tendencias ya existentes, como la mayor relajación de consonantes y quizás una cierta nivelación de los acentos más marcados en contextos de comunicación global, aunque la identidad local siempre buscará formas de resistencia fonética.

Culturalmente, el gran desafío será la relación con las máquinas. El español que hablemos dependerá en parte de cómo interactuemos con asistentes de voz, traductores automáticos y sistemas de IA. Si estos sistemas se entrenan con una variedad estándar y neutra, podrían ejercer una presión homogeneizadora. Por eso es vital que, como comunidad panhispánica, trabajemos para que la tecnología represente nuestra riqueza y no nuestra simplificación».

¿Qué iniciativas considera necesarias para que el español mantenga su vitalidad como lengua materna en distintos países?

«La vitalidad de una lengua no se decreta, se cultiva. Más allá de las iniciativas académicas, que son importantes para establecer la norma y la unidad, la clave está en la creación cultural. Necesitamos una industria cultural potente en español: más cine, más series, más música, más literatura, más videojuegos de calidad que los hablantes sientan como propios y actuales. Un joven que consume cultura en su lengua materna la vive, la renueva y la proyecta hacia el futuro. También es esencial una política educativa que no torture a los estudiantes con una gramática rígida y descontextualizada, sino que les enseñe a maravillarse con los mecanismos de su propia lengua y a usarla con precisión y creatividad».

¿Qué mensaje le gustaría transmitir en este día de la lengua materna?

«Mi mensaje sería de celebración y de conciencia. Celebrar que tenemos la fortuna de hablar la lengua de Cervantes, con un larga y riquísima historia, con quinientos millones de voces a ambos lados del Atlántico, con la capacidad de nombrar desde el realismo mágico de García Márquez, el Sóngoro Consongo de Guillén hasta la trova de Silvio Rodríguez; desde el dolor más profundo hasta la alegría más desbordante. Y tener certeza de que la lengua materna es un bien preciado y frágil que recibimos en herencia y que estamos obligados a transmitir y a cultivar con consciencia de cuánto significa».  

La Lengua Materna: hábitat natural de nuestra identidad
Scroll hacia arriba